me gustan las historias de mentes de otros momentos, su narrativa en tiempo real, y su posterior evolución con el tiempo.

Me divierte, o quizá es como yo disfruto mi vida- revisándola- entre esos nudos mentales con un lente de otro momento. Algo de eso me hace pensar que mis miedos actuales se desvanecen algún día, que el corazón deja de estrujarse por algunas ausencias, mientras que hay otros sentimientos intactos. Escribo, creo yo - para jugar a ese lente anacrónico.

Reirme de lo que me nervaba, abrazar a la muchachita que fui, entenderme aún más entre los insólitos giros del tiempo.

Un 16 de marzo de 2015 salí a las 8 de la mañana de mi casa, luego de desayunar TÉ. ¡¿CUÁNDO DESAYUNÉ TANTO TÉ?! Pues claro, cuando no sabía lo que era trabajar 9 horas. Me puse un saco rojo que acumulaba varias décadas de uso antes que yo, un vestido gris nuevo (comprado para ese día, claro), y unas chatitas bastante baratas.

Tenía la misma mochila con la que iba al secundario, hasta habia puesto mis cuadernos de la facultad en ella, un tupper de milanesas de berenjena que me hice yo, y mi ropa de danza, claro. Ese día no lo sabía, pero ese iba a ser mi último año bailando con gran regularidad.

Para mí, es premisa obligatoria llevar cosas encima, incluso si no sirven. Me da seguridad ser una hormiga viajera. No me desprendí de esa muletilla del “andá a saber si llego a ….”. Hoy escribo 10 años después de ese día, luego de haber desarmado una mochila con snacks que no ingerí o libro que no leí.

Llegué a unas oficinas muy ostentosas. Era mi primer día de trabajo en una empresa global. Yo había aceptado un trabajo, pero no entendía siquiera qué actividad puntual iba a hacer. Tenía 19 años, dato que - cuando mis compañeros supieron - no entendían por qué no estaba en mi casa.

Un 16 de marzo de 2015 fui a mi primera jornada laboral de 9 horas. Sí, 9 horas, con 1 de descanso, pero de 8 con mucha intensidad. No cambió durante los 10 años posteriores, solo se acrecentó. Esa es una historia para después.

Secuencias que a la gente madura le abruma, como aprender a generar tickets a IT, aprender qué es y a conectarse a una VPN, hasta trabajar en inglés, se volvió mi segunda casa muy rápido. No por gusto, sino obligación.

Internamente yo era una camisa arrugada en un cajón, que se oculta para mostrar que hay orden y limpieza alrededor. Con el corazón roto, por un ex novio que - antes de separarnos- me dijo “vos no vas a poder trabajar full - time” (aún me pregunto si se refería a mi capacidad o a mi libertad para elegirlo), con 19 años, salí de mi casa a trabajar 9 horas desde un departamento al que me había mudado con mis hermanos, solo 8 meses antes.

Aún me estremecían los problemas familiares. No tenía claro en qué momento iba a dejar de pasarme. Ese frío serpenteo sobre el cuello que me pesaba, anulaba completamente mi capacidad de pensar años futuros. Mis amigas no entendían aún por qué había aceptado ese trabajo. Dolida, reinventada, incluso más preocupada por llegar puntual a la facultad, me reuní con IT, y aprendí a hacer e-learnings, cosa que en ese momento era la NASA.

A las 3 semanas me enfermé FIERO. Me daba muchísima verguenza estar así, asi que no falté. Full-pseudoefedrinada, fui a trabajar porque una señora que ni conocía iba expresamente a entrenarme a mí y a otro chico, en una sala diminuta, incómoda. Me quedaba dormida mientras la escuchaba hablarme de archivos, acrónimos y procesos demasiado complejos de entender, pero todos decían que era muy importante. Tosía a escondidas, hacía de cuenta que nada pasaba, y hasta tuve el atrevimiento de tomar un mate. No sorprenderá saber que nadie quiso tomar después. Días atrás había somatizado una gran discusión que sucedió en la puerta de mi trabajo, ya que siendo mi segunda casa era donde recibía visitas nada gratas. Luego, volvía a mi asiento como si nada hubiera sucedido, pero lagrimeando adentro. También puede que haya sido que me agarró el cambio de estación, etapa enemiga de quienes pasamos más de 12 horas fuera de casa sin auto que nos acobije o acarre nuestras cosas.

Recuerdo mi primer mes. Lloraba al salir, por no haber llegado puntual a la facultad, sentir muy fuertemente que no era posible recibirse y trabajar así. Todos los días terminar la jornada corriendo literalmente el tren y el colectivo. No, en ese momento no había apps que te decían de antemano en cuánto viene el tren, solo a ojo. Me desmayaba en el colectivo, era parte de mi siesta diaria, y para hacerlo sentía que era fundamental rezar y así tener asiento. De verdad lo hacía.

Aún pese a esa angustia e incertidumbre, pasó el primer cuatrimestre y promocioné mis materias. Esa yo que creía que era incompatible estudiar y - encima - esas muy intensas 9 horas, empezabaa ver resultados. Qué cosa que nunca aprendo, eh. Las obligaciones - como el trabajo o el estudio - son mi mayor refugio cuando estoy muy, pero muy angustiada. No sólo no las suelto, sino que redoblo la apuesta. La idea de sólo trabajar 6 meses en ese lugar, ahí se esfumó.

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Mi vida había cambiado rotundamente. Recuerdo bien estar yendo a juntarme con amigas del secundario - tarde, porque esa etapa de mi vida era así - y llorar pensando que no sabían nada de lo que me había pasado en mis últimas semanas: me había separado y ahora estaba sumergida 9 horas al día en un trabajo que no entendía. Cosas que hoy día me darían orgullo, a mis 19 años me daban verguenza.

Verdaderamente no esperaba que esta experiencia me diera tantos buenos amigos. Pero buenos, eh. Hoy puedo decir con firmeza que conservo más amigxs laborales que del secundario. Algo en ese mundo que no sentí propio, y sobre el que lloré mucho, me abrazó igual y depositó en mí una confianza ciega.