Por María Eugenia Polesello

Aunque nadie lea, creo que si algo no va a ser reemplazable en este mundo, son las historias de vida, ¿no? Acá te cuento una.

Historia

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Este vestido lo elegí hace 4 años y medio. Febrero 2019. Estaba de viaje con amigas en Costa Rica, paseando un poco para bajar la comida antes de agarrar la ruta. Si no me equivoco, era domingo, pocas cosas abiertas. El viaje se terminaba y el presupuesto, también.

La verdad, no necesitaba un vestido. No iba con intenciones de comprar ropa en Costa Rica, solamente café o algún condimento interesante. Algún chispazo improbable en esta vida calculo enlazó algunas emociones con el vestido. Creo que ni me lo probé (sí, privigiada), y se lo mostré a mis amigas. Con mi determinación taurina les dije: con este vestido voy a jurar mi título.

Nunca más me vestí con él. Lo ofrecí para que otras personas lo usaran primero, en casamientos, eventos, etc, pero nadie lo quiso tomar. Intenté usarlo yo en ocasiones, pero siempre me terminaron prestando un vestido “más adecuado”, o bajaba la temperatura y ese vestido perdía su prioridad. Y luego, claro, vino la pandemia. ¡¿Para qué quería un vestido?! Sumado a eso, el camino hacia la jura se estaba haciendo largo. Algo en el vestido me hacía sentir que quería complacer a esa terca Maria Eugenia que - un domingo en Costa Rica (!)- lo eligió para su jura.

Mi pandémico proceso de tesis me partió al medio, y luego otra vez, y así sucesivamente, hasta quedar hecha pedazos. Soy prudente en hablar de este proceso: nadie lo transita igual que otrxs. Un cierto tiempo después, con mucha ayuda, reticencia, descontento, depresión y burn-outs laborales, levanté esos pedazos uno por uno, los emprolijé de alguna manera - nada perfecta- para llevar ese objetivo a puerto. Y hablo de proceso de tesis, porque el resultado es una parte tan ínfima, que nada de justicia le hace a la transformación interna por la que unx pasa en ese camino. Imaginate si con todo eso que estaba pasando, estaba pensando en el vestido…

Estuve muy cerca de tirar todo ese determinismo al carajo, agarrar el vestido y usarlo como se me cantara o regalarlo. Digamos que un vestido que se mantuvo 4 años en un placard sin estrenar… A Marie Kondo NO le gusta esto. No sé cómo, de verdad, (porque coharto mucho mi imparable romantización de los procesos), pero siento que ese vestido me sostuvo la mano para que no me rindiera, que valía la pena ese deseo característico y caprichoso, pero muy sensible, de darle un valor único a las cosas. En definitiva, así soy …

Y mirá vos no más. La foto. Mi vestido y yo. Un reencuentro al otro lado del objetivo. Sin dudas, un luego de una larga espera. ¿Cuál es mi explicación de este suceso como licenciada? El vestido no quería acompañarme en ese momento de mi vida, tenía certezas en que yo iba a crecer más. Que había un caminito más por hacer para mirarnos de igual a igual. Aún faltaba que Eushi viviera un gran amor, viajara sola, y mucho y lindo. Faltaba que conociera grandes amistades, perdiera seres entrañables, rearmara su casa de pies a cabeza luego de una inundación, trabajara muchos, muchos días y se aventurara en proyectos personales. El vestido sin dudas quería que me transformara en la persona que soy ahora para poder encontrarnos y seguir nuestro viaje- Qué sabia la vida.